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lunes, 29 de febrero de 2016

Culto a la pizza...

En Filadelfia, un restaurante le rinde honores a este hito de la gastronomía mundial. 

 Mi encuentro con este grupo de amigos fue muy divertido. Sobre todo porque juntos tienen uno de los lugares más carismáticos de todo Filadelfia. Aquí ellos han construido un verdadero templo dedicado a uno de los productos más conocidos del mundo: la pizza.
Para ser más exactos hay que acercarse a la avenida Frankford al 2313, en el barrio de Kensington, para encontrarnos de lleno con el restaurante y museo Pizza Brain.

Mi primera sorpresa al llegar fue la efusiva bienvenida de sus dueños, los simpatiquísimos Brian y Christopher, que no pararon, al instante de conocerme, de estrechar mis manos en forma de saludo, en una cantidad de modalidades que nunca pensé que existían y como si cada una de ellas respondiese a un especial ritual de iniciación.
 Una vez realizadas estas formalidades propias de gente bien educada, con sendas sonrisas me invitaron a entrar.

Mi segunda sorpresa radicó en la decoración del lugar: en las paredes, repisas y vitrinas me encontré con la mayor colección privada de memorabilia de pizza de todo el mundo; tanto es así que ingresaron en el Libro Guinness de los Récords en 2011.
Todo a mi alrededor tenía un denominador común: pizza (perdonen, pero van a leer esta palabra muchas veces) en una cantidad de ítems inimaginables. Cuadros, fotografías, discos de vinilo, portadas de revistas, álbumes de figuritas, muñecos de todo tipo, la colección parecía infinita.
Durante muchos años, Brian se esmeró enormemente en localizar cada uno de los artículos de cualquier lugar remoto del mundo donde hubiese algo digno de formar parte de semejante colección. Y así, con ojos que reflejaban una devoción por su museo, me fue explicando cuáles eran algunos de sus hallazgos más valiosos, más queridos y más difíciles de encontrar, gastando bellos adjetivos calificativos en ellos y esperando mi aprobación (que era dada con la alegría que uno obtiene cuando escucha hablar a alguien con semejante pasión).

Mi tercera sorpresa la obtuve al momento de estar frente a la barra del maestro pizzero, que con una destreza sin igual lanzaba masas de pizza para todos lados con una precisión digna de un artista circense. Tenía ante mí el gran horno de barro donde se producía la verdadera magia del lugar. Porque tengo que confesar que fueron algunas de las pizzas más ricas y diferentes que he probado en mi vida. Sí, en este díscolo lugar, se toman muy en serio la calidad de sus productos.
Cada una de las pizzas preparadas por manos que saben lo que hacen y con algunos de los nombres más graciosos que me he encontrado: la Granny Divjack, la Forbes Wapgensense o la Gail Sezzny. Cada una más rica que la otra, preparadas con productos frescos y en muchos casos orgánicos seleccionados en los mercados locales. Ni hablar de la cara de felicidad del maestro pizzero y de los propietarios del lugar, que asentían con sus cabezas como diciendo lo sabíamos.

La cuarta y última sorpresa llegó al momento de la despedida. Después de un par de horas de intercambiar opiniones, anécdotas y porciones creamos un vínculo de camaradería con mis anfitriones y al terminar con un nuevo intercambio de handshakes a modo de adiós y salir a la calle sentí rápidamente las ganas de volver a este particular y recomendable lugar.

Fuente: Iván de Pineda, para Revista La Nación, Buenos Aires, Argentina.
 6 de febrero de 2016.

(Jorge L. Icardi, reportero internacional...)

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